Piras de Libros (I)

(publicado en el nº 12 de la Revista Ágora, Murcia)

En los años de los primeros ayuntamientos democráticos y ante el problema de espacio que planteaba el archivo municipal, un concejal competente en el área de cultura propuso que se quemara todo lo que no tuviera cien años hasta que el archivero le hizo ver que lo que no alcanzaba la centena lo haría si dejaban pasar el tiempo. El concejal, hijo de una educación clásica, demostraba una consideración reverencial por los mayores pero poco respeto por los libros y documentos.

A lo largo de estas líneas, que dedicaré a la quema de libros (un tema que siempre me ha fascinado por incomprensible), quiero apartar los estragos que la mera ignorancia –presente en el caso introductorio- causa en nuestro acervo y presentar otros que, plenamente intencionados y nada raros (se estima que esta tipología ha supuesto un 60 por ciento del total de desastres bibliográficos, ver Historia universal de la destrucción de los libros, de Fernando Báez), han perpetrado personas que no podían aducir desconocimiento o torpeza para rechazar la acusación de barbarie. Lo que está más cerca de la verdad pero nunca se ha hecho ha sido intentar la justificación mediante el reconocimiento de sentir un miedo cerval de los otros.


I.- Los clásicos.
La aberración de prender fuego a los libros no es nueva. Hay hitos en esta macabra historia de destrucciones que pueden comenzar con el mandato del emperador chino Chi-Huang Ti quien, en el año 213 a. de C., ordenó la desaparición de todos los escritos que no versaran sobre agricultura, medicina o adivinación. Trataba de borrar de la memoria colectiva la doctrina de Confucio, advirtiendo que “los que se sirvieran de la Antigüedad para denigrar los tiempos presentes serían ejecutados junto a sus parientes”. Certificando las palabras que escribiría varios siglos depués el poeta alemán Heinrich Heine – “allí donde se comienza quemando libros, se termina quemando hombres”, Almansor, 1821-, murieron varios cientos de eruditos.

Más al oeste, y desde principios de este siglo III a.C., existió lo que hoy es todavía cénit de la civilización humana: la biblioteca de Alejandría. Para dar una idea de su valor me limitaré a transcribir la anécdota que refiere Carl Sagan acerca del interés que para los dirigentes alejandrinos tenía el contenido de sus anaqueles: “Tolomeo III Evergetes quiso que Atenas le dejara prestadas las copias oficiales de Estado de las tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides, lo que consiguió tras garantizar su devolución con un enorme depósito de dinero. Pero Tolomeo valoraba estos rollos más que el oro o la plata. Renunció alegremente a la fianza y depositó los originales en la Biblioteca. Los irritados atenienses tuvieron que contentarse con las copias que Tolomeo, un poco avergonzado, no mucho, les regaló”.

No podía durar. En el año 48 a.C. un incendio accidental en el puerto devoró 40.000 volúmenes pertenecientes a la biblioteca, pero fue en 391 d.C. cuando comenzó la destrucción de la obra escrita por otros motivos: Teófilo, obispo de Alejandría, purgó la biblioteca de libros que pudieran contener creencias con tufo pagano; su sobrino y sucesor, Cirilo, terminó en 412 d.C. esa labor infame liquidando la Academia en la persona de su última directora, Hipatia, y haciendo desaparecer casi toda la cultura griega. Tres años más tarde el historiador Orosio, discípulo de San Agustín, confirmó la catástrofe: “sus armarios vacíos de libros… fueron saqueados por hombres de nuestro tiempo”. Existe una tercera leyenda sobre la biblioteca alejandrina. Según ciertas crónicas, cuando Omar I asaltó la ciudad, en el año 642, mandó destruir los libros con el siguiente razonamiento: “’Si esos escritos están conformes con el Corán son inútiles y si ocurre lo contrario no deben tolerarse”. Una sentencia de muerte para cualquier obra.

La tercera parada en esta crónica del horror literario tuvo lugar mucho más cerca de nosotros en el tiempo y en el espacio: la noche del 10 de mayo de 1933, frente a la Universidad Humboldt en Berlín (y en otras partes de Alemania), se convocó una multitud de estudiantes azuzada por el partido nacionalsocialista para quemar 20.000 libros seleccionados por sus “contenidos antialemanes”. No haré más comentarios del episodio por sobradamente conocido, pero sí quiero hacer notar que estos cultos hombres occidentales, beneficiarios de la mayor era de progreso en la historia del mundo, sí terminaron quemando hombres. Literalmente.


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