Piras de libros (y II)

II.- Más madera.
Ningún país se ha visto libre de culpa. Francia ha quemado los libros de Maimónides en una oscura edad media pero, mucho más tarde, ha organizado incineraciones particulares -obras como las Cartas filosóficas de Voltaire, para escarmiento público y erradicación de la perversión de opinar- o generales, destruyendo más de cuatro millones de libros durante el Terror.
En Italia destaca, por su aparato y ejecutores, la “purificación” de obras en la florentina plaza de la Signoria organizada por Girolamo Savonarola, que reclutó a millares de niños para acarrear los papeles impíos hasta formar una pila –según cuentan las crónicas- de más de cincuenta metros. Los anglosajones, menos dados a aparecer en público para estas cosas, dejaron llegar a ley las fantasías de Anthony Comstock, quien creyó que el demonio se había apoderado de los escritores, y comenzaron a interceptarse los envíos por correo que contuvieran libros “inmorales”. En el haber de esta Ley consta el arresto de más de 3.000 personas y la quema de 120 toneladas de papel impreso. Parece ser que su promotor sentía una especial predilección por ver en las llamas las obras de George Bernard Shaw.

III.- Spain is not different.
Nuestro país, paladín fanático de creencias políticas y religiosas en tantas ocasiones, no se ha visto libre de ese impulso a quemar las letras del “otro”. Pasando por alto las piras organizadas por monjes de la Edad Media o las convocadas por ese lugar común de la infamia en que se ha convertido el más que tópico Torquemada, quiero referirme a dos acontecimientos que no por menos conocidos dejan de constituir ejemplos palmarios de ese miedo disfrazado de autoridad que impele a los vencedores (los escritores de la historia) a reducir a cenizas el pensamiento y los hechos. El mismo año en que se funda nuestra primera universidad renacentista, humanista y universal (1499, Alcalá de Henares) y promovida por la misma persona, el cardenal Cisneros, tiene lugar una quema pública de libros con objeto de “desarraigarles del todo de la sobredicha su perversa y mala secta” islámica. Así, “les mandó a los alfaquís tomar todos sus alcoranes y todos los otros libros particulares, cuantos se pudieron haber, los cuales fueron más de 4 ó 5 mil volúmenes [número que no podría encontrarse entonces en ninguna otra ciudad de la península], entre grandes y pequeños, y hacer muy grandes fuegos y quemarlos todos. Y así se quemaron todos, sin quedar memoria, como dicho es, excepto los libros de medicina, que había muchos”. Esa deferencia con los libros de medicina, que fueron a parar a los anaqueles de Alcalá, nos habla ya de una concepción moderna –extremadamente actual, de hecho- que considera a la ciencia y sus aplicaciones como un terreno al margen de ideologías y a la literatura como perniciosa (o, al menos, peligrosa) fuente de influencia social. Granada, que ya había sufrido este tipo de expurgo radical con la llegada de los “puros” almohades, vuelve a perder así la posibilidad de transmitirnos una poesía, una historia, una cultura que, realmente y lo queramos o no, eran y siguen siendo la nuestra. Mucho más cercana en el tiempo está la pira purificadora que se prendió el 30 de abril de 1939 en la Universidad Central de Madrid. Con gran sentido de la propias convicciones llamaron al acontecimiento “auto de fe” y de su resultado nos da cuenta el entonces Secretario Nacional de Educación, Antonio Luna, quien relata: “condenamos al fuego a los libros separatistas, liberales, marxistas; a los de la leyenda negra, anticatólicos; a los del romanticismo enfermizo, a los pesimistas, a los del modernismo extravagante, a los cursis, a los cobardes, a los seudocientíficos, a los textos malos, a los periódicos chabacanos”. El periodista que reflejó en el diario Arriba los acontecimientos concluye, enardecido por esa fuerza que proporcionan ciertas cegueras espirituales, con un aviso para navegantes de la tinta: “filósofos y poetas, novelistas y dramaturgos, ensayistas y pensadores de un mundo a la deriva: en España los hombres jóvenes tienen el valor de quemar vuestros libros y, sobre todo, de quemarlos sin un gesto de aflicción”. Algunos años más tarde, prohibido ya celebrar públicamente estos ritos involucionistas, se quemarían librerías enteras.

IV.- Cremación voluntaria.
Habrá quien no crea en el progreso pero existen hechos que lo confirman. Si la tónica general ha venido siendo esa destrucción de libros del “otro”, el refinamiento de finales del siglo XX consiguió, en Argentina, llegar a la depuración de las propias estanterías, incluso de la propia edición. Además de las llamas purificadoras prendidas en Buenos Aires, Córdoba o Rosario (contra obras que aquí adquirieron mayoritariamente el adjetivo de “subversivas” o “inmorales”) por el estamento militar, el miedo al miedo de los vencedores hizo que muchas personas rompieran con los que, hasta entonces, habían considerado como buenos amigos y comenzaran a prender fuego a sus bibliotecas. Como ilustración final de esta serie de bibliocaustos aporto un fragmento de los recuerdos del periodista Andrew Graham-Yool quien cuenta -en su obra Memoria del miedo- cómo “Hugo Camaño, un poeta que venía a menudo a compartir un café en casa, había estado ausente toda la semana. Cuando volvió a casa encontró a su mujer llorosa y disculpándose… Me vino a ver. Con cierta incomodidad en la voz me pidió que le devolviera dos ejemplares de su poesía que me había dedicado. Su esposa, presa del pánico, había quemado muchos libros, incluidos los de su marido”.

V.- Otros usos del Quijote.
Quiero terminar con un soplo de esperanza. Entre tanta barbarie podemos encontrarnos con que un libro, casualmente “nuestro” libro, puede llegar a salvar del fuego a personas y haciendas. Parece que, a decir de Sir Walter Scott, la fascinación que el Quijote ejerció en los ejércitos napoleónicos les impulsó a tratar con benevolencia al pueblo de El Toboso, por ser la cuna de Dulcinea. Teniendo en cuenta las atrocidades que cometieron estas hordas precisamente en la Mancha, pienso que, sea cierto el hecho o pertenezca a la fértil imaginación de un enamorado de la obra cervantina como lo fue el poeta escocés, la imagen no deja de ser gratificante.

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