Plaza de Belluga, de José Luis Martínez Valero. Poemas para recordar sentimientos.

Una de las cosas que tengo que agradecer a mi trabajo es tener la oportunidad de conocer a muchos poetas. Como en todo grupo humano, los hay buenos, malos, simpáticos, huraños, entrañables o miserables.

Hace poco traté sobre el libro de uno de estos amigos y ahora quiero hablar de la última obra de otro, ambos pertenecientes sin duda al grupo, digamos, “positivo” en cuanto a adjetivaciones.

José Luis Martínez Valero, poeta y maestro con el que he sufrido algunos embates en la cosa de la organización de actos públicos, ha tenido la deferencia de regalarme (y dedicarme) su última creación: Plaza de Belluga, una cálida y escueta colección de poemas (apenas 40 páginas) que ha puesto a la venta por 50 céntimos pero que vale infinitamente más.

Me gusta, en los poetas como en los pintores, la exactitud en el trazo, el acierto al dibujar la imagen que nos despierta y hace evidente algo que reconocemos como nuestro, palabras que siempre han estado ahí, dentro de nosotros, y que ahora alguien, con pluma magistral, ha sacado suavemente a la luz. Eso me pasa con la obra de José Luis y su Plaza de Belluga, que me dice cosas que yo ya sé, que son ciertas, pero con palabras que nunca he pronunciado.

Les dejo con una breve selección de esas imágenes que tanto he disfrutado para que puedan hacerlo todos, o, al menos, los que hayan paseado con espíritu receptivo por alguna Plaza de Belluga.

La lluvia cambia de color la plaza,
más pálida la luz se hace amarilla,
mientras la arena de sus piedras
recuerda cuando fue río,
siempre hacia la mar corriendo.

Alguien llega a esta plaza
y encuentra que,
aunque nunca ha estado aquí,
parece como si nunca se hubiese ido,
que por fin ha dado con el lugar,
materno regazo donde descansa,
porque una extraña calma lo ha absuelto.

Como aquí nunca llueve,
los días sin luz son más tristes,
y la melancolía, ciego caracol,
se instala en la mirada.

La plaza nos redime del pasar
que es la vida por costumbre.
Aquí nos detenemos
y basta ese momento
para deshacer toda la rutina
que, como tela de araña,
se ha instalado en el pulmón
e impide que respiremos,
que el aire libre
entre a bocanadas hasta el fondo
y disipe las sombras que cobija.

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