La Tierra cóncava y las cabezas huecas

Conforme cumplo años la experiencia me reafirma en una idea que constituye mi primer filtro ante las novedades: “lo extraordinario, si es bueno, es mentira”. Bueno, es mentira de primeras porque también he aprendido que la vida nos puede maravillar, aunque no muy a menudo. Me pareció mentira que un matemático español encontrara una fórmula para detener el cáncer, o que Bruce Springsteen fuese ese dechado de humanidad que se dice. Pero han intentado engañarme en tantas otras ocasiones que creo que mantendré ese principio.

Como consecuencia, y con el objetivo de conseguir algo de verdad en esta maraña de confusiones que es hoy la información, entre lo que leo se encuentran muy a menudo artículos de divulgación científica. Me interesa especialmente aquellos que desmontan la pseudo-ciencia, esas teorías (y, lo que es más alarmante, prácticas) que, con una pátina de ciencia pero conculcando a cada paso el método científico, pretenden aparecer como conocimientos objetivos avanzados.

Me asombra el tiempo y el tesón que en algunos casos (y no en otros de corte comercial, como puede ser la homeopatía o el agua con memoria) personas que incluso pueden tener una formación e inteligencia realmente superiores dedican a elaborar teorías estrafalarias. Hoy quiero hablarles brevemente, de la mano de Martin Gardner (de cuya obra On the wild side, en español Extravagancias y disparates, extraigo la información), de una de ellas.

Se trata de la teoría de la tierra cóncava que plantea como cierta la hipótesis de que vivamos sobre la superficie interior de una esfera que es nuestro propio planeta (los dibujos adjuntos aclaran bastante la propuesta).

Un tal Cyrus Reed Teed tuvo esta iluminación allá por 1869 y explicó cómo la tierra es una cáscara hueca y el sol la luna y las estrellas son minúsculos objetos que se mueven dentro de la esfera.

Cambió su nombre por Koresh (Ciro en hebreo) y sorprendentemente, aunque no debería sorprendernos tanto a la vista de los disparates que se han podido oír después, surgió en torno a esta idea una secta llamada de los koreshanitas, cuya revista “Flaming Sword” -“La espada llameante”- sobrevivió hasta 1949. Otros estuvieron interesados en esta particular visión de nuestro mundo, entre ellos un aviador nazi llamado Peter Bender y los visionarios Karl Neupert y Fritz Braun.

Sin embargo, ha sido en los haños 80 del pasado siglo cuando un matemático alejandrino, Mustafá A. Abdelkader, ha dotado al modelo de la tierra cóncava de una precisión matemática que faltaba en todas las exposiciones anteriores. Abdelkader realiza en el espacio lo que los geómetras llaman “inversión”. El centro de la esfera se proyecta en el infinito intercambiando todos los puntos en el exterior por puntos en el interior. Tras invertir el cosmos Abdelkader aplica entonces la misma inversión a todas las leyes de la Física: ¡El resultado es una Física coherente que no puede ser falsada!

Por supuesto, las ecuaciones de las leyes llegan a tener una complejidad espeluznante. Los rayos luminosos siguen arcos circulares y la velocidad de la luz se reduce a cero al aproximarse al centro de inversión. El día y la noche, los eclipses y las órbitas del sol, la Luna y los planetas… absolutamente todo puede explicarse mediante apropiadas leyes de inversión. El Péndulo de Foucault, los efectos Coriolis y otras “pruebas” inertes de la rotación terrestre no escapan a las leyes drásticamente modificadas ¿Podríamos confirmar la teoría viajando en una nave especial para ver si llegamos rápidamente al otro lado? No podríamos, porque cuanto más nos aproximáramos al centro de inversión, más se reduciría el tamaño de la nave y mayor sería su lentitud. Uno no tardaría en encontrarse viajando a través de lo que parecerían vastas galaxias.

Dice Abdelkader que su principal razón para creer en el modelo invertido es el alivio de la ansiedad que produce pensar que el universo es inmenso pero, para un verdadero científico, siempre imperará el principio conocido como “la navaja de Occam”, es decir, “en igualdad de condiciones la solución correcta es la más sencilla”. Admitir la teoría de Abdelkader despreciando la sencillez –en comparación- de la Física y Astronomía actuales es, según Gardner, un precio a pagar demasiado alto.

No quiero terminar sin mencionar otra “teoría” extraordinaria sobre nuestro viejo planeta. Se trata de Agharta, la tierra hueca donde reside el paraíso, una oquedad a la que se accede por grandes agujeros en los polos que tiene también un sol en el centro. Por un lado, ésta sí respeta el mundo (y la física) exterior pero por otro tiene mucha menos base científica (cosa que preocupa más bien poco a sus defensores) que la que he relatado. Sin embargo, es mucho más divertida y va mucho más allá que Verne por lo que se refiere al interior de la Tierra. Les dejo un par de dibujos para que vayan haciéndose una idea.

Para disfrutar de verdad con este tipo de disparates les recomiendo la lectura de cualquier divulgador científico que dedique su tiempo a desmontarlos pero, muy especialmente, les recomiendo la lectura del mejor y más divertido: Martin Gardner.

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