Clarín, Reina Madre

(publicado en el nº 14 de la Revista Ágora, Murcia)

La angustia ante el folio en blanco es un terror clásico entre los creadores literarios y el esfuerzo por superarla satisfactoriamente, sobre todo cuando se da comienzo a una obra, es un empeño laborioso en todo escritor. Desconfío de los que dicen escribir como hablan tras escuchar a tantos maestros contar sus horas amargas en busca de una frase.

Como es sabido, uno de los sistemas más socorridos para acabar con la inexpresividad de la hoja es el plagio. No digo que sea recomendable, aunque hay excepciones de las que podríamos hablar en las que la copia mejora sustancialmente al original, pero sí digo que ha existido y existe en toda la historia de la Literatura. Y no en poetas y novelistas menores, que también, sino que sobre nombres como Neruda y el “Poema XVI”, Cela y La Cruz de San Andrés, Racionero, Etxebarría o Monzó (por citar algunos medianamente cercanos), ha planeado la sombra de la copia flagrante.

Hoy quiero hablar de una acusación de plagio que ya no despierta pasiones, pero que me va a permitir presentar (a aquellos que no tengan noticia de su existencia) a un insigne y particularísimo periodista español: Luis Bonafoux Quintero, escritor “poco propenso a adquirir amigos”, según sus propias palabras, lo que no podemos poner en duda tras leer apenas un par de sus artículos al azar. La pluma de Bonafoux, que conocí gracias a un amigo que ha recogido pacientemente varias obras suyas (por lo general descatalogadas), no deja títere con cabeza y políticos, militares, jueces, dramaturgos, novelistas o compañeros de la prensa pasan por su particular picadora saliendo descuartizados moralmente, zaheridos por un lenguaje directo, cortante, cáustico y hasta, en ocasiones, malsonante.

Por lo que se sabe, Leopoldo Alas Clarín tuvo la mala tentación de copiar algunas escenas de Zola o Flaubert e incluso algún personaje de otro escritor y crítico llamado Fernanflor (Isidoro Fernández Flores) para su novela corta Pipá. No está totalmente claro que fuera así y hay quien defiende, hoy, que todo fue una maniobra política de sus enemigos por el enfrentamiento del autor de La Regenta con Cánovas. Pero Clarín tuvo peor fortuna, aun acostumbrado a la polémica como lo estuvo siempre, al topar con Bonafoux, amigo de Fernanflor, a quien tenía verdadera consideración como autor.

“Yo y el plagiario Clarín” titula Bonafoux su artículo más extenso para ofrecer sus razones y su resumen de la situación, y aclara, para no ser acusado de descortesía en el lenguaje, “Yo y mi criado -decía Fígaro.- Por esta vez sacrifico la urbanidad a la verdad. Fui yo primero en pegar; y el que da primero, da dos veces…”

En el texto relata cómo en abril de 1881 publicó los artículos “Novelistas tontos” y “Clarín folletista”, en los que descarga su batería de acusaciones con andanadas como calificar a Leopoldo Alas como novelista insustancial “y el más grande de los tontos en prosa naturalista” o manifestar que “Don Leopoldo no será novelista; pero no cabe negar que es una hormiguita para su casa, una especie de Rata I del naturalismo”. Clarín no contesta… de inmediato y la “Víbora de Asnières”, que también se conoció así a Bonafoux, comenta: “Bramó D. Leopoldo; pero, colérico y todo, resolvió, en sus altos designios, que no me contestaría en los días de su vida. Ese Real decreto de S. M. la Reina madre de la crítica española me afligió profundamente”. Sin embargo, el estado anímico del asturiano presagia réplica “me escriben -les decía- que S. M. la Reina madre de la crítica está atacada del furor uterino, digo, teutónico, que diría Bismarck”. Clarín respondió, con bastante habilidad, por cierto, pero Bonafoux cargó de nuevo y la polémica se extendió y subió de tono, dejando un reguero de recriminaciones que llegaron hasta lo personal: “como usted tiene tanto de chismoso,” dice Bonafoux, “como poco de crítico, ha querido exhibir trapos, creyendo que me asusta, sin saber que yo voy a todas partes y que, aun a riesgo de faltar al público, soy muy capaz de sacar, a usted y a los suyos a la vergüenza pública, en la Puerta del Sol […] Y puesto que me llama usted escritor inca, y se pone en fuga, le recuerdo que mis ascendientes -unos salvajes, indios chunchos- tenían la costumbre de cortar la cabellera al vencido, con unas tijeras de esquilar. En cuanto regrese a España, voy a Oviedo…”

Sería lógico pensar que la cuestión se zanjó con la muerte de Clarín, pero eso sería desconocer los “mosquetazos de Aramis”, a juicio de Bonafoux, el único mosquetero que ni olvidaba, ni perdonaba. Lo cierto es que, desde París, Bonafoux le dedicó una necrológica en la que expresaba sin rodeos su alegría por la desaparición de tan poco estimado escritor.

A quien tenga curiosidad por ésta y otras mil polémicas de la “Víbora de Asnières” (localidad francesa donde pasó, como corresponsal y semi-exiliado, gran parte de su vida) le recomiendo que visite la página Cervantes Virtual, donde encontrará a texto completo algunas de la obras que publicó. También, si tienen la suerte de encontrarla, existe una biografía escrita por José Fernando Dicenta (nieto de Joaquín Dicenta, autor dramático amigo de Bonafoux) que incluye una selección de artículos.

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2 pensamientos en “Clarín, Reina Madre

  1. Bueno, tú ya sabes que en el mundo del Arte, el plagio se llama homenaje y así todos nos quedamos más anchos que largos y, desde luego, bastante más ajenos.Por cierto, podríamos decir me has dado la idea para mi última entrada, aunque no sabría si calificarte de jefe, mecenas o institución.Ahora mismo agrego este blog a mi feeder, como es debido.

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