Temas literarios

(Publicado en el nº 15 de la Revista Ágora, Murcia)

Los escritores pasan por muchas vicisitudes hasta ver terminada su obra. Terminada, no publicada, que ese es otro cantar. En lo que depende de sí mismos seguramente sufren los momentos más angustiosos cuando andan a la búsqueda de un tema. Todos pasan por aquí, los grandes y los menos grandes, veamos algunos recursos de los que se han servido unos y otros para salir del atolladero y sus resultados.Oficio, tesón y genio
Víctor Hugo se vio en la necesidad de escribir para mantener a su familia cuando le retiraron la pensión que le había concedido el Estado. Tras recibir la muy oportuna oferta de un editor por su próxima obra, que incluía una generosa remuneración pero también la exigencia de cumplir un brevísimo plazo, el maestro se encerró en su estudio, guardó su vestimenta de calle bajo llave, se cubrió con una saya de tela basta y armado con una resma de papel y un tintero confió en su imaginación y en su oficio para escribir. Terminada la novela en el plazo previsto, tras perder mucho peso y ver quebrantada su salud, pretendió titular a su obra “El contenido de un frasco de tinta” pero terminó llamándose nada más y nada menos que “Nuestra Señora de París”, una obra cumbre en su carrera y en la Literatura universal. Queda claro que el tema y el desarrollo se presentaron forzadamente y que de ahí surgió una obra maestra. No hay que olvidarlo cuando se hable sobre la “inspiración” o sobre la bastardía de las obras por encargo.


Monomanías creativas
Naturalmente, cada autor deja su impronta en sus obras y unas veces esto no afecta al argumento, buscando temas libremente y sin prejuicios entre todo lo humano y lo divino, y otras sí, pues su elección se ve circunscrita por el carácter personal a una serie de temas muy determinados. Este es el caso de Milan Kundera. El escritor checo declaró que los títulos de sus obras pueden muy bien intercambiarse ya que su contenido gira siempre en torno a “un pequeño número de temas que me obsesionan, me definen y, lamentablemente, me restringen. Más allá de estos temas, no tengo nada que decir o escribir”.

La vida imita al arte (previamente)
Pero existen personas que encuentran dificultades en extraer la materia necesaria para escribir de la observación o de la vida ajena o que consideran necesario expresar los hechos, lugares o sensaciones detalladamente y con información de primera mano. El método consiste en experimentar en el mundo real la trama sobre la que van a hilvanar la novela. Hay quien, para ello, viaja o acomete empresas singulares. Hay quien -espero que los menos- ama o deja de amar. Y hay quien, como en los dos casos que quiero referir, recurre al asesinato.

 

Richard Klinkhamer es un escultor holandés, hijo de carnicero, que ha sido tachado injustamente de intelectual y calumniado bajo la acusación de autor literario tras escribir una cosa llamada “Woensdag Gehaktdag” (“Miércoles, día de la albóndiga de carne”). La novela narra siete versiones sobre un crimen cometido por un marido en la persona de su esposa y anima al lector a encontrar su propia interpretación de los hechos. El caso es que el escritor asesinó en 1991 a su mujer, Hannie (Hannelore Godfrinon), en el pueblecito holandés de Ganzedijk golpeándole con una maza tras una discusión. Con sus cuchillos de matarife y una trituradora de carne desmenuzó el cuerpo de su mujer y lo enterró bajo en suelo del cuarto de herramientas que tenía en el jardín. La policía, a pesar de la magnífica actuación como marido doliente y pesaroso por la desaparición de su esposa, sospechó desde el primer momento de él pero no pudo hallar prueba alguna aun después de batir la zona con perros y utilizar incluso cámaras aéreas de infrarrojos para examinar el subsuelo. El asunto se destapó en 2000 cuando los nuevos moradores de la vivienda de Klinkhammer excavaron la zona y dieron con restos óseos que resultaron ser de Hannie y Richard se declaró culpable. La publicación del libro se ha demorado durante años y Klinkhammer ha utilizado el morbo y las incertidumbres en torno al caso y su persona para promocionarlo.
Otro iluminado por las Parcas más que por las Musas es Krystian Bala, autor polaco que escribió en 2003 “Amok” (“Furor”) una obra que describe el secuestro, la tortura y el asesinato de un joven empresario. Los problemas comenzaron cuando se descubrió, flotando en el Oder, el cadáver del -precisamente- joven empresario Dariusz Janiszewski y la policía, sin pistas que seguir, archivó el caso a la espera de que surgiera algo. Ese algo fueron dos llamadas anónimas que les recomendaban la lectura de una exitosa novela recién salida al mercado, hecho que condujo a la inmediata detención del autor por la extremada similitud entre lo observado en el cuerpo hallado y lo descrito en el relato. Bala, que había tenido la osadía de llamar al asesino Krys, se vio arropado por el mundo intelectual a través del “Krystian Bala Amok Author Defense Committee” formado al efecto y argumentó que había seguido el caso minuciosamente por la prensa para inspirarse. Pero los detectives descubrieron que Bala había llamado a la víctima el día anterior a su muerte y que puso a la venta en Internet el móvil de la víctima. El motivo del crimen fue más bien prosaico: parece que Janiszewski había sido el amante de la mujer del escritor. 

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