Edición, un cuento con cuatro finales (o más)

Al hilo de una charla con buenos amigos sobre una entrada en Futurium comencé a darle vueltas a la incierta situación de los derechos de autor y del negocio editorial y a cómo podrá resolverse con los años. Ante la ausencia de hipótesis claras o mayoritarias entre los expertos me propuse tratar de adivinar el porvenir abriéndome al inconsciente imaginativo más que al razonamiento fundado. Lo que presento ahora es el fruto de tal indagación, de la que resultaron cuatro futuros posibles. Por favor, recuerden que estas previsiones provienen, como he dicho, del inconsciente, en todas las acepciones del término.

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Almacén de la editorial Harper & Brothers
[Dominio público], via Wikimedia Commons

Futuro tradicional.

Las empresas nos dirán de nuevo lo que leer cuando le cojan el tranquillo a los límites y maneras de Internet. Todavía no saben cómo pero están en ello, DRM mediante (esperemos que no lleguen al T-800 para conseguir sus fines). La vida será plácida y sencilla, con la misma serenidad de antes: un empresario, varios editores a sueldo+comisión, publicidades que dirigen el gusto general, vaivén enloquecido de mostradores (digitales ahora), autores que cobran entre el 8 y el 10 % por su inspiración y su transpiración, “negros” que escriben infinitamente mejor que los “blancos” que firman, cócteles, premios, premios amañados, libros “tapa dura”, libros de bolsillo… ah, no, estas dos últimas no.

Cómo afectará a las bibliotecas: lo lógico sería que también regresara la calma a la relación entre editoriales y bibliotecas y se compraran ejemplares como hasta ahora pero, claro, lo lógico suele ser tan inusual.

Coaligado.

Los editores -los de verdad, aquellos para los que la vida se centra en descubrir lecturas, en leer y apostar por lo que ellos hubieran querido escribir- se coaligarán desde sus pequeñas oficinas, virtuales o no, haciendo de la suma de sus reducidos catálogos el catálogo universal. Tal vez establezcan un sistema de impresión local a demanda para los irreductibles amantes del papel mientras inundan de formatos digitales las pantallas de dispositivos lectores. Quizá crearán portales con acceso a las obras mediante el pago de una tarifa plana o bien establecerán un sistema pay per read (temporal, temático, por autores, etc.); en cualquier caso su interés será ganar dinero haciendo lo que les gusta, lo que limitará la codicia mercantilista que llevó a sus predecesores a una situación crítica. También pueden dar un paso más y ofrecer las obras gratis -sí, gratis- y vivir en simbiosis con sus autores de lo que ya viven muchos escritores ahora, de los bolos.

Cómo afectará a las bibliotecas: la relación oscilará entre el interés de los editores por las bibliotecas como difusoras de las obras/autores que ellos ofrecen y la sospecha de piratería que planea sobre esas instituciones que seguirán regalando lecturas como si la literatura no fuera un mercado. En el último supuesto (el simbiótico), las bibliotecas serán las niñas mimadas de los editores: una enorme red de plataformas publicitarias y espacios donde acudirán los autores previo pago.

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Mary Carson. Licencia CC BY-SA, vía Wikimedia.

Libertario.

Internet abrió las puertas a la autoedición, las redes sociales a la promoción y los dispositivos de lectura al acceso inmediato. Los autores, tanto los que antes eran rechazados por las editoriales como los consagrados, se independizan de sus tutores en busca del 90% perdido y se lanzan a publicar urbi et orbe. El caos es notable y el público tardará en saber a qué carta quedarse pues hay autores que ofrecen su obra gratis y es un regalo que merece la pena recibir mientras que otros cobran cantidades ínfimas que suponen el mayor de los derroches. No hay norte, no hay guía y quien de verdad puede terminar haciendo negocio son… los editores, si se deciden a cobrar (poco, claro) por lo mismo que hacían antes pero sin arriesgar ahora capital alguno: sus webs recomendarán, criticarán, rechazarán, buscando entre la vorágine sin más compromiso con la obra que la de la sensibilidad puramente literaria. No he podido imaginar más allá pero todo augura que si esta iniciativa de los editores prospera todo se redirigirá hacia el futuro coaligado.

Cómo afectará a las bibliotecas: las bibliotecas serán los hogares naturales de estas obras y ante la avalancha creativa -todo el mundo escribe, nadie lee- tendrán que encontrar la manera de quitarse muchas de encima. Por más que los escritores hayan encontrado el cauce de difusión y distribución en la red las bibliotecas siguen siendo el centro de reunión del único colectivo capaz de poner algo de orden en este caos de forma natural: los lectores. Como en una cinta de Moebius la interacción usuario-biblioteca será más que nunca inmanente a la relación entre ambos: se reciben lecturas, se sirven lecturas, se seleccionan lecturas, se depuran colecciones, se reciben lecturas…

Invasivo.

Literatura gratis ¡Bien! Pero ¿cómo lo hacen? Es muy sencillo, podremos leer a nuestro vate favorito -que dibujará con palabras vidas, aventuras, sentimientos y reflexiones- mientras en la parte inferior de nuestra pantalla o nuestra hoja aparecen acertadísimas recomendaciones para adquirir cosas que nunca podrán ser virtuales: tomates, preservativos, licores, medios de transporte… Quizá la cosa se globalice todavía más y entren al mundo de la edición los grandes, que ya no quieren un trozo del pastel sino todo: Ono o Movistar a nivel local, Google, Microsoft o Apple a nivel mundial serán los nuevos editores o, mejor dicho, las nuevas editoriales que lo mismo venden publicidad, banda ancha o viajes al Caribe que el libro del último premio Goncourt. Es el fin de la libertad que se colaba por los resquicios de la gran maquinaria, es el fin del autor reconocido como poder: los escritores se irán pareciendo cada vez más a Hannah Montana y, sin que nadie lo espere (hmmm…), resucitará William H. Hays y pondrá manos a la obra. Si la edición toma este derrotero habrá que esperar a que Sheldon Cooper consiga traspasar su mente a una máquina para que regrese la libertad a la oferta literaria. A lo lejos parece prepararse un golpe de mano organizado por un movimiento de resistencia llamado -casual e irrelevantemente- Samizdat.

Cómo afectará a las bibliotecas: las bibliotecas pueden beneficiarse de esta nueva forma de editar haciendo llegar las lecturas a los rezagados tecnológicos aunque quizá tengan que vender su alma a cambio de formar parte del circo. Podrán redimirse abriendo las puertas a la rebelión prevista.

Hasta aquí mis percepciones sin más fundamento que el ejercicio libre de la imaginación, sin ayuda de sustancia alguna, y sin más verosimilitud que la que el futuro quiera concederle. No sabremos nada a ciencia cierta hasta que pasen los años y las décadas, será interesante esperar y conocer.

Nota sobre una visión casu consulto.

Sin poder entrar en detalles por lo difuso de la visión, también he percibido imágenes alteradas que anuncian algo que va más allá de la edición adentrándose ya no en la gestión, sino en el propio corazón de lo creativo: signos inquietantes presagian que se acaba la hegemonía del modelo literario tal como lo hemos conocido. La obra cerrada, acabada, existirá, pero surgirá una nueva forma que competirá con ella y gozará del favor de un enorme sector del público: una sucesión de relatos abiertos con comentarios colaborativos en una extensa y mil veces ramificada narración que concluye por agotamiento y de la que, finalmente, todos son autores y todos son lectores. ¿Es la literatura 3.0?

Si quieres puedes votar tu futuro favorito (o una combinación de los que te gusten).

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