Clientes y usuarios, una cita de Camba.

Julio Camba

Julio Camba

Lo que nos cuenta Camba (en una obra cuya lectura recomiendo) ocurre aún en muchos sitios, incluso en restaurantes, pero puedo asegurar que no me he tropezado con una biblioteca pública española donde se den estos modos todavía. Sin embargo, conviene no perder de vista lo que dice sobre lo anómalo de orientar de la actividad hacia la propia institución: ese nuevo reto que se está asumiendo al poner al usuario como centro y justificación de toda la actividad de la biblioteca no sólo tendrá resultados positivos, es (y va a ser) imprescindible.

¿Que el camarero debe defender su mercancía? Yo creo que, sobre todo, debe defender su clientela. Ante el cliente, el camarero representa al dueño del restaurante, pero ante el dueño del restaurante, representa al cliente. El dueño del restaurante es quien le da el empleo pero el público es quien lo sostiene en él, y cuando el camarero cuenta con una clientela personal, no es fácil que lo echen a la calle por revelar el secreto de unas truchas averiadas. Al contrario, un patrón conocedor de su negocio lo despedirá más bien por no haberlo revelado, perdiendo con esta excesiva discreción la confianza de la parroquia.

Monsieur Escoffier, una de las grandes figuras de la cocina moderna, decía que a la puerta de cada restaurante debiera inscribirse esta máxima en letras de oro: «El cliente siempre tiene razón.» Sobre las puertas de los restaurantes madrileños, a mí me parece, en cambio, leer esta otra sentencia en letras de calderilla: «El cliente no tiene razón nunca.» y es que, en realidad, los restaurantes de Madrid no cuentan jamás con el cliente, el cual más bien parece estorbarles que convenirles. Son restaurantes organizados para la comida de los patronos, los camareros, los cocineros y los pinches, y donde, en caso necesario -y por aquello de donde comen tres comen cuatro-, se puede servir también a algunas personas extrañas, pero no a muchas. No, tan pronto como en cualquiera de nuestros restaurantes se ocupa la mitad de las mesas, la comida toma ante el parroquiano todos los caracteres de una aventura temeraria y no existe posibilidad de reclamación.

La casa de Lúculo, Julio Camba, 1929.

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