Un regalo por Navidad.

Quiero desearos unas felices fiestas a todos y un buen 2015 que puede comenzar con la legalización de este regalo que os dejo. En realidad me adelanto 9 días a su entrada en el dominio público (en España), los más puristas podéis descargarlo sin reparos a partir del día 1 de enero.

Se trata de la novela de un Premio Nobel español pero, en contra de lo que se podría pensar, no de Literatura. Es una obra de Santiago Ramón y Cajal, verdadero genio de su época, que no tiene un especial valor literario más allá de que es la creación de un gran científico.

En cualquier caso y aunque sea sólo como curiosidad merece la pena echarle un vistazo.

Que la disfrutéis.

El pesimista corregido, de Santiago Ramón y Cajal (pincha para descargar)

El pesimista corregido, de Santiago Ramón y Cajal (pincha para descargar)

#DoNotReadThis

“Hoy nos quejamos de tener un exceso de libros; pero de esto no deben quejarse los lectores, porque nadie les obliga a leer. A pesar de la cantidad enorme de libros que se publican, es escasísimo el número de individuos que leen, y si leyeran con fruto, ¿se dirían las deplorables tonterías que llenan la cabeza del vulgo?”

Voltaire, Diccionario Filosófico.

 

 

Un regalo de Navidad. O no, no sé.

Me decido a subir este libro como regalo general para los que quieran saber de la vida de un actor murciano, concretamente de Jumilla, al que oímos más que vemos. O quizá no sea un regalo si no os gustan estas cosas, que tampoco hay que ser pretencioso.

Felices fiestas.

JGUARDIOLA

Clica en la imagen para descargar el libro en pdf.

Temas literarios

(Publicado en el nº 15 de la Revista Ágora, Murcia)

Los escritores pasan por muchas vicisitudes hasta ver terminada su obra. Terminada, no publicada, que ese es otro cantar. En lo que depende de sí mismos seguramente sufren los momentos más angustiosos cuando andan a la búsqueda de un tema. Todos pasan por aquí, los grandes y los menos grandes, veamos algunos recursos de los que se han servido unos y otros para salir del atolladero y sus resultados.Oficio, tesón y genio
Víctor Hugo se vio en la necesidad de escribir para mantener a su familia cuando le retiraron la pensión que le había concedido el Estado. Tras recibir la muy oportuna oferta de un editor por su próxima obra, que incluía una generosa remuneración pero también la exigencia de cumplir un brevísimo plazo, el maestro se encerró en su estudio, guardó su vestimenta de calle bajo llave, se cubrió con una saya de tela basta y armado con una resma de papel y un tintero confió en su imaginación y en su oficio para escribir. Terminada la novela en el plazo previsto, tras perder mucho peso y ver quebrantada su salud, pretendió titular a su obra “El contenido de un frasco de tinta” pero terminó llamándose nada más y nada menos que “Nuestra Señora de París”, una obra cumbre en su carrera y en la Literatura universal. Queda claro que el tema y el desarrollo se presentaron forzadamente y que de ahí surgió una obra maestra. No hay que olvidarlo cuando se hable sobre la “inspiración” o sobre la bastardía de las obras por encargo.


Monomanías creativas
Naturalmente, cada autor deja su impronta en sus obras y unas veces esto no afecta al argumento, buscando temas libremente y sin prejuicios entre todo lo humano y lo divino, y otras sí, pues su elección se ve circunscrita por el carácter personal a una serie de temas muy determinados. Este es el caso de Milan Kundera. El escritor checo declaró que los títulos de sus obras pueden muy bien intercambiarse ya que su contenido gira siempre en torno a “un pequeño número de temas que me obsesionan, me definen y, lamentablemente, me restringen. Más allá de estos temas, no tengo nada que decir o escribir”.

La vida imita al arte (previamente)
Pero existen personas que encuentran dificultades en extraer la materia necesaria para escribir de la observación o de la vida ajena o que consideran necesario expresar los hechos, lugares o sensaciones detalladamente y con información de primera mano. El método consiste en experimentar en el mundo real la trama sobre la que van a hilvanar la novela. Hay quien, para ello, viaja o acomete empresas singulares. Hay quien -espero que los menos- ama o deja de amar. Y hay quien, como en los dos casos que quiero referir, recurre al asesinato.

 

Richard Klinkhamer es un escultor holandés, hijo de carnicero, que ha sido tachado injustamente de intelectual y calumniado bajo la acusación de autor literario tras escribir una cosa llamada “Woensdag Gehaktdag” (“Miércoles, día de la albóndiga de carne”). La novela narra siete versiones sobre un crimen cometido por un marido en la persona de su esposa y anima al lector a encontrar su propia interpretación de los hechos. El caso es que el escritor asesinó en 1991 a su mujer, Hannie (Hannelore Godfrinon), en el pueblecito holandés de Ganzedijk golpeándole con una maza tras una discusión. Con sus cuchillos de matarife y una trituradora de carne desmenuzó el cuerpo de su mujer y lo enterró bajo en suelo del cuarto de herramientas que tenía en el jardín. La policía, a pesar de la magnífica actuación como marido doliente y pesaroso por la desaparición de su esposa, sospechó desde el primer momento de él pero no pudo hallar prueba alguna aun después de batir la zona con perros y utilizar incluso cámaras aéreas de infrarrojos para examinar el subsuelo. El asunto se destapó en 2000 cuando los nuevos moradores de la vivienda de Klinkhammer excavaron la zona y dieron con restos óseos que resultaron ser de Hannie y Richard se declaró culpable. La publicación del libro se ha demorado durante años y Klinkhammer ha utilizado el morbo y las incertidumbres en torno al caso y su persona para promocionarlo.
Otro iluminado por las Parcas más que por las Musas es Krystian Bala, autor polaco que escribió en 2003 “Amok” (“Furor”) una obra que describe el secuestro, la tortura y el asesinato de un joven empresario. Los problemas comenzaron cuando se descubrió, flotando en el Oder, el cadáver del -precisamente- joven empresario Dariusz Janiszewski y la policía, sin pistas que seguir, archivó el caso a la espera de que surgiera algo. Ese algo fueron dos llamadas anónimas que les recomendaban la lectura de una exitosa novela recién salida al mercado, hecho que condujo a la inmediata detención del autor por la extremada similitud entre lo observado en el cuerpo hallado y lo descrito en el relato. Bala, que había tenido la osadía de llamar al asesino Krys, se vio arropado por el mundo intelectual a través del “Krystian Bala Amok Author Defense Committee” formado al efecto y argumentó que había seguido el caso minuciosamente por la prensa para inspirarse. Pero los detectives descubrieron que Bala había llamado a la víctima el día anterior a su muerte y que puso a la venta en Internet el móvil de la víctima. El motivo del crimen fue más bien prosaico: parece que Janiszewski había sido el amante de la mujer del escritor. 

Clarín, Reina Madre

(publicado en el nº 14 de la Revista Ágora, Murcia)

La angustia ante el folio en blanco es un terror clásico entre los creadores literarios y el esfuerzo por superarla satisfactoriamente, sobre todo cuando se da comienzo a una obra, es un empeño laborioso en todo escritor. Desconfío de los que dicen escribir como hablan tras escuchar a tantos maestros contar sus horas amargas en busca de una frase.

Como es sabido, uno de los sistemas más socorridos para acabar con la inexpresividad de la hoja es el plagio. No digo que sea recomendable, aunque hay excepciones de las que podríamos hablar en las que la copia mejora sustancialmente al original, pero sí digo que ha existido y existe en toda la historia de la Literatura. Y no en poetas y novelistas menores, que también, sino que sobre nombres como Neruda y el “Poema XVI”, Cela y La Cruz de San Andrés, Racionero, Etxebarría o Monzó (por citar algunos medianamente cercanos), ha planeado la sombra de la copia flagrante.

Hoy quiero hablar de una acusación de plagio que ya no despierta pasiones, pero que me va a permitir presentar (a aquellos que no tengan noticia de su existencia) a un insigne y particularísimo periodista español: Luis Bonafoux Quintero, escritor “poco propenso a adquirir amigos”, según sus propias palabras, lo que no podemos poner en duda tras leer apenas un par de sus artículos al azar. La pluma de Bonafoux, que conocí gracias a un amigo que ha recogido pacientemente varias obras suyas (por lo general descatalogadas), no deja títere con cabeza y políticos, militares, jueces, dramaturgos, novelistas o compañeros de la prensa pasan por su particular picadora saliendo descuartizados moralmente, zaheridos por un lenguaje directo, cortante, cáustico y hasta, en ocasiones, malsonante.

Por lo que se sabe, Leopoldo Alas Clarín tuvo la mala tentación de copiar algunas escenas de Zola o Flaubert e incluso algún personaje de otro escritor y crítico llamado Fernanflor (Isidoro Fernández Flores) para su novela corta Pipá. No está totalmente claro que fuera así y hay quien defiende, hoy, que todo fue una maniobra política de sus enemigos por el enfrentamiento del autor de La Regenta con Cánovas. Pero Clarín tuvo peor fortuna, aun acostumbrado a la polémica como lo estuvo siempre, al topar con Bonafoux, amigo de Fernanflor, a quien tenía verdadera consideración como autor.

“Yo y el plagiario Clarín” titula Bonafoux su artículo más extenso para ofrecer sus razones y su resumen de la situación, y aclara, para no ser acusado de descortesía en el lenguaje, “Yo y mi criado -decía Fígaro.- Por esta vez sacrifico la urbanidad a la verdad. Fui yo primero en pegar; y el que da primero, da dos veces…”

En el texto relata cómo en abril de 1881 publicó los artículos “Novelistas tontos” y “Clarín folletista”, en los que descarga su batería de acusaciones con andanadas como calificar a Leopoldo Alas como novelista insustancial “y el más grande de los tontos en prosa naturalista” o manifestar que “Don Leopoldo no será novelista; pero no cabe negar que es una hormiguita para su casa, una especie de Rata I del naturalismo”. Clarín no contesta… de inmediato y la “Víbora de Asnières”, que también se conoció así a Bonafoux, comenta: “Bramó D. Leopoldo; pero, colérico y todo, resolvió, en sus altos designios, que no me contestaría en los días de su vida. Ese Real decreto de S. M. la Reina madre de la crítica española me afligió profundamente”. Sin embargo, el estado anímico del asturiano presagia réplica “me escriben -les decía- que S. M. la Reina madre de la crítica está atacada del furor uterino, digo, teutónico, que diría Bismarck”. Clarín respondió, con bastante habilidad, por cierto, pero Bonafoux cargó de nuevo y la polémica se extendió y subió de tono, dejando un reguero de recriminaciones que llegaron hasta lo personal: “como usted tiene tanto de chismoso,” dice Bonafoux, “como poco de crítico, ha querido exhibir trapos, creyendo que me asusta, sin saber que yo voy a todas partes y que, aun a riesgo de faltar al público, soy muy capaz de sacar, a usted y a los suyos a la vergüenza pública, en la Puerta del Sol […] Y puesto que me llama usted escritor inca, y se pone en fuga, le recuerdo que mis ascendientes -unos salvajes, indios chunchos- tenían la costumbre de cortar la cabellera al vencido, con unas tijeras de esquilar. En cuanto regrese a España, voy a Oviedo…”

Sería lógico pensar que la cuestión se zanjó con la muerte de Clarín, pero eso sería desconocer los “mosquetazos de Aramis”, a juicio de Bonafoux, el único mosquetero que ni olvidaba, ni perdonaba. Lo cierto es que, desde París, Bonafoux le dedicó una necrológica en la que expresaba sin rodeos su alegría por la desaparición de tan poco estimado escritor.

A quien tenga curiosidad por ésta y otras mil polémicas de la “Víbora de Asnières” (localidad francesa donde pasó, como corresponsal y semi-exiliado, gran parte de su vida) le recomiendo que visite la página Cervantes Virtual, donde encontrará a texto completo algunas de la obras que publicó. También, si tienen la suerte de encontrarla, existe una biografía escrita por José Fernando Dicenta (nieto de Joaquín Dicenta, autor dramático amigo de Bonafoux) que incluye una selección de artículos.

Plaza de Belluga, de José Luis Martínez Valero. Poemas para recordar sentimientos.

Una de las cosas que tengo que agradecer a mi trabajo es tener la oportunidad de conocer a muchos poetas. Como en todo grupo humano, los hay buenos, malos, simpáticos, huraños, entrañables o miserables.

Hace poco traté sobre el libro de uno de estos amigos y ahora quiero hablar de la última obra de otro, ambos pertenecientes sin duda al grupo, digamos, “positivo” en cuanto a adjetivaciones.

José Luis Martínez Valero, poeta y maestro con el que he sufrido algunos embates en la cosa de la organización de actos públicos, ha tenido la deferencia de regalarme (y dedicarme) su última creación: Plaza de Belluga, una cálida y escueta colección de poemas (apenas 40 páginas) que ha puesto a la venta por 50 céntimos pero que vale infinitamente más.

Me gusta, en los poetas como en los pintores, la exactitud en el trazo, el acierto al dibujar la imagen que nos despierta y hace evidente algo que reconocemos como nuestro, palabras que siempre han estado ahí, dentro de nosotros, y que ahora alguien, con pluma magistral, ha sacado suavemente a la luz. Eso me pasa con la obra de José Luis y su Plaza de Belluga, que me dice cosas que yo ya sé, que son ciertas, pero con palabras que nunca he pronunciado.

Les dejo con una breve selección de esas imágenes que tanto he disfrutado para que puedan hacerlo todos, o, al menos, los que hayan paseado con espíritu receptivo por alguna Plaza de Belluga.

La lluvia cambia de color la plaza,
más pálida la luz se hace amarilla,
mientras la arena de sus piedras
recuerda cuando fue río,
siempre hacia la mar corriendo.

Alguien llega a esta plaza
y encuentra que,
aunque nunca ha estado aquí,
parece como si nunca se hubiese ido,
que por fin ha dado con el lugar,
materno regazo donde descansa,
porque una extraña calma lo ha absuelto.

Como aquí nunca llueve,
los días sin luz son más tristes,
y la melancolía, ciego caracol,
se instala en la mirada.

La plaza nos redime del pasar
que es la vida por costumbre.
Aquí nos detenemos
y basta ese momento
para deshacer toda la rutina
que, como tela de araña,
se ha instalado en el pulmón
e impide que respiremos,
que el aire libre
entre a bocanadas hasta el fondo
y disipe las sombras que cobija.

Por qué nos gustan las mujeres, de Mircea Cartarescu

(Publicado en el nº 13 de la Revista Ágora, Murcia)

Acabo de leer un libro, editado por Funambulista, que comparte título con este apartado. La obra destila un suave erotismo (más cercano al amor y la ternura que al porno) y consta de veinte relatos que el autor, Mircea Cartarescu, publicó sucesivamente en la edición rumana de la revista ELLE. “El protagonista de todas las historias –dice Cartarescu- es una mujer, pero no se trata de retratos de mujeres, es un retrato de la condición femenina. Lo publiqué todo en un solo volumen de casualidad, un azar que se reveló afortunado: es mi único bestseller.”

En Rumanía fue el libro más vendido del 2004 y se mantiene con un número alto de ventas: sólo en su país (de más de veintidós millones y medio de habitantes) ha vendido más de 150.000 ejemplares. Pero no sólo es preferido en su tierra. Parece que entre sus vecinos serbios, húngaros, búlgaros, checos y eslovacos despierta tanto interés como para llevarlo también a los primeros puestos en ventas (con el permiso de Paulo Coelho, cuya obra es una pandemia).

Cartarescu, ha sido traducido ya a numerosas lenguas y llegará a ser, probablemente, el primer Premio Nobel de la literatura rumana. Nacido en 1956 ha trabajado como profesor de su lengua materna, editor de la revista “Caiete Critice” (“Cuadernos críticos”) y lector en las Universidades de Ámsterdam y Bucarest. Es un todoterreno de las letras con trabajos premiados en poesía, novela, relato y crítica literaria y colabora habitualmente en prensa a la que, acerca de la obra que nos ocupa, ha declarado: “Me sirve para honrar a la mejor parte de este mundo. Y también para expresar la parte femenina de mi personalidad. La feminidad no pertenece sólo a las mujeres, del mismo modo que la masculinidad no es sólo cosa de hombres.”

El último capítulo, que da nombre al libro, es una tierna recopilación de motivos en un delicioso intento de abarcar una parte del espectro de sentimientos –desde lo pueril hasta lo sublime- que despierta una mitad del mundo en la otra. Termino escribiendo aquí unas cuantas razones escogidas de entre esas cuarenta y cuatro que ha imaginado Cartarescu (que me parecen pocas pero bien traídas). No sé porqué me sorprendo cada vez que leo las palabras de otros -sobre todo de los “otros” lejanos en el tiempo, el espacio o la costumbre- y las identifico como propias. Eso es también la poesía.

Porque pasan con un valor inesperado por encima de todas las servidumbres que les imponen sus anatomías delicadas.

Porque te dicen ‘te quiero’ justo cuando menos te quieren, como una especie de compensación.
Porque el momento más bonito del día es el café de por la mañana, una hora entera royendo galletas y poniendo verde a todo el mundo.

Porque en las películas nunca se duchan antes de hacer el amor, pero sólo en las películas.

Porque se toman la vida en serio, porque parece que crean verdaderamente en la realidad.

ADDENDA

Gracias al amable comentario de Tudorina encuentro que he dividido por diez la población de Rumanía: no son dos millones y medio de personas sino veintidós millones y medio. Esto no es óbice para que me siga pareciendo recomendable, cercano y dulce de leer el libro de Cartarescu. Siento haber demostrado mi ignorancia de forma tan flagrante y haber causado enfado con ello. No volverá a pasar.

Cosas que quedaron en la sombra. Buena poesía.

Quiero recomendarles un libro de poesía, un género que no suelo frecuentar nada (qué le vamos a hacer). Lo ha escrito un amigo que reúne tres cualidades: sabe lo que quiere decir, sabe escribir (escribir, no jugar con el bolígrafo o el teclado) y es muy, muy modesto. Comprenderán que Cosas que quedaron en la sombra de Fulgencio Martínez sea, con estos mimbres, uno de los mejores libros que he leído.

Creo que la poesía es buena cuando, leyéndola, puedes encontrarte ahí, puedes descubrir sentimientos, vivencias, pensamientos que sabes que son tuyos pero que están impresos en una hoja, escritos por otro, brevemente, encerrando en unas pocas palabras lo que te parece tan inexpresable.

Pues este libro es buena poesía. Tal vez el lector tenga que haber cruzado los rubicones indicados para que le sacuda el alma de una manera tan completa como me ha pasado a mí. Tal vez haya que estar en posesión de determinadas vivencias generacionales o, por el contrario, de muchas comunes a todos: envejecer (mucho o poco), tener hijos, recibir golpes, descubrir mentiras, amar…

Les dejo un breve listado de recomendaciones para personas que pueden verse interesadas en la obra por su propio contenido. Más que de marcas en un libro, es una localización de sentimientos verbalizados.

– Para los que todavía buscan un sentido pleno a todo: les recomiendo la lectura de “Desde los cordones a mis zapatos”, que podría ser un lema (el poema entero).

– Para los que no han reflexionado yendo más allá del concepto “carpe diem”.

– Para todos: “Las pasiones tristes”. Sólo el título ya da para emocionarse evocando recuerdos o presentes.

– Para los que vivimos la cuarentena: “De la vejez” y los cuarenta años según un barman.

– Para los que escriben (o leen): la respuesta al clásico “¿para qué ser poeta en tiempos de miseria?”

– Para los amantes: la puerta que se abre en “Invitación” (y todo lo que vemos detrás)

– Para los pensadores: la definición de la filosofía en “Epístola consolatoria”, aunque creo que podía haber ido más allá con los resultados lúcidos y amargos de ese puntapié.

– Para los que todos los días se preguntan qué hacer: la declaración en “¿2002?”, es tan breve como sobrecogedora. Yo todavía ando escondiéndome de mis miserias y, sobre todo, de mis miedos.

– Y una pequeña joya para el que la quiera disfrutar: la imagen de la felicidad como préstamo del recuerdo.

Lo dejo aquí, porque podría seguir hasta agotar el libro. Fulgencio, como te dije, esos sentimientos son tan propios que, si no fuera porque los has escrito tú, diría que los he escrito yo (si tuviera esa capacidad, que a la vista está que no).

Negra espalda del tiempo

Negra espalda del tiempo, de Javier Marías, parece la respuesta a toda esa corriente de literatura fantástica que necesita alejarnos del mundo real para vivir aventuras. Urdida con los estambres de la realidad, esta novela cruza del territorio fantástico al real y viceversa sin que podamos asegurar dónde estamos en cada momento: la capacidad de ficción -de mentir, incluso de mentir bien- de Marías nos envuelve en una historia (o historias) fragmentada y apasionante, en una historia que no nos importa que no sea cierta aunque la leemos con la emoción de que lo es.

Para amantes de la lectura

Una reseña que escribí hace tiempo para una revista y que me gusta porque creo que el libro es de obligada lectura y disfrute para los buenos lectores.

Alberto Manguel,
Una historia de la lectura
Madrid, Alianza Editorial, 1998

A principios del s. XVI, y para demostrar que Juana de Aragón es más perfecta que Helena, el médico y filósofo paduano Agostino Nifo describe con gran detalle, en el tratado De Amore, el cuerpo de su amante, aportando datos geométricos de su cuerpo, incluido el tabique nasal, precisando hasta la proporción y consistencia de sus pechos, su coloración y olor, así como la armonía de su vientre o la tonalidad de su voz.

Este género de análisis es lo que encontramos en estas páginas que Alberto Manguel ha escrito impulsado sin duda por ese delicioso amour fou hacia el libro y la lectura que fluye por su obra allá donde la abramos. Como Nifo, Manguel objetiviza en “una” historia (salvando así a su producción de la categoría de ensayos imposibles como Historia de la vida privada o Historia de la opinión pública) los dones de su amada: la lectura, materializada en su vasto cuerpo impreso en millones de páginas a lo largo de los siglos.

A lo largo de la obra se transitan las vidas de bibliólogos, bibliófilos, bibliopolas y hasta bibliomanos como aquel Conde Libri, amigo de políticos como Guizot y escritores como Mérimée, que sustrajo códices medievales y otros manuscritos antiguos de las bibliotecas públicas de Francia durante años o al-Sahib ibn Abbad Abd-al-Qasim Ismail, visir persa del siglo X quien viajaba siempre con su colección de 117.00 volúmenes transportados por una caravana de 400 camellos adiestrados para caminar en orden alfabético. Naturalmente a estas páginas se asoman otros amantes del libro como Alejandro Magno, San Agustín, Petrarca, Cervantes, Kafka, Walt Whitman, Rilke, Colette o Borges (el lector más grande que haya existido nunca, en la autorizada opinión de Manguel), tal vez más comedidos, mas no por ello menos apasionados. También se conocen rarezas como los síntomas del síndrome Scherezade, que padeció R. L. Stevenson hasta los siete años, la existencia de mobiliario destinado exclusivamente a facilitar la función de la lectura, como la silla Pelea de gallos, o los siete tipos de loco de los libros reflejados en la obra renacentista La nave de los locos.

Por lo que respecta al autor, baste decir que, nacido bonaerense, ha vivido en los más diversos paises (Israel, Italia, Gran Bretaña) hasta establecerse en Canadá. Ha ejercido de librero, crítico, editor, novelista, dramaturgo, traductor e investigador y, como a estas alturas podía sospecharse, ha sido presentado como el mejor antólogo de su país de adopción. Lector de Borges durante sus años de residencia y formación en Argentina (no solo leía a Borges, leía para Borges), es hijo de un judío prisionero de los nazis que recitaba de memoria a los clásicos a sus compañeros en el campo de concentración.

Manguel ha expresado su opinión sobre Bill Gates y sus libros electrónicos: “Es extraordinario que un hombre tan inteligente pueda ser tan idiota. Propone una ‘sociedad sin papel’. ¿Cómo lo hace?. Publicando un libro […] La lectura sobre pantalla presenta una sóla parte del texto, no se pueden consultar varias páginas al unísono ni anotar sobre la pantalla y es un esfuerzo mayor para los nervios ópticos; el libro ofrece una cantidad de texto, es transportable, práctico, permite anotaciones y no es costoso. De todo punto de vista es un objeto tan perfecto como la rueda”.

Una última observación: abran el libro por las páginas 338-339 y contemplen la imagen que aparece a doble cara. Si tras reflexionar un momento esta vieja fotografía no les transmite su serenidad y humanidad, no lean esta obra. No la merecen.